Loca pasión por la fabada
28 de March de 2006 por eugenio
HabÃa una vez un hombre que tenÃa una loca pasión por la fabada, alimento que le provocaba muchos gases. Y más de una vez le habÃan puesto en situaciones embarazosas debido a sus estruendosas reacciones intestinales.
Un dÃa conoció a una chica de la que se enamoró. Cuando ya era una realidad que se casarÃan, él se dijo a sà mismo:
- Ella es tan dulce y tan gentil, que nunca aguantarÃa la peste de uno de mis pedos. Asà que el tipo hizo un sacrificio supremo y abandonó para siempre la peligrosa fabada.
La pareja se casó y, algunos años después, él tuvo un pequeño percance con su coche mientras volvÃa del trabajo y llamó a su esposa:
- Cariño, llegaré muy tarde. Tendré que esperar un largo rato hasta que arreglen el coche.
En la espera, pasó por una tienda de comida preparada y vio en la vitrina un inmenso y delicioso plato de fabada. No pudo resistir la tentación, entró y se comió tres reacciones. Se pasó todo el camino a casa impregnando el asiento del coche con sus terribles pedos. Al llegar a casa creyó estar lo suficientemente seguro de que habÃa expulsado hasta el ultimo gas intestinal.
Su esposa estaba muy contenta y agitada por su llegada. Al verlo, exclamó:
- ¡Mi amor!, esta noche te tengo una increÃble sorpresa para la cena…
Ella le vendó los ojos en la entrada de la casa y lo acompañó hasta una de las sillas del comedor, donde lo sentó. Justo cuando ella le iba a quitar la venda de la cara, sonó el teléfono. Ella le dijo entonces:
- Por favor, cariño, no te quites el vendaje de la cara hasta que vuelva de hablar por teléfono.
Tomando en cuenta la oportunidad y sintiendo inesperadamente una repentina e inaguantable presión intestinal, el pobre hombre apoyó todo su peso sobre una de sus piernas y dejo escapar un impresionante pedo. De un nivel sonoro importante y tan oloroso que sólo lo soportarÃa el autor. Sacó del bolsillo un pañuelo y empezó a moverlo vigorosamente para ventilar la habitación.
Todo estaba volviendo a la normalidad, pero de pronto sintió ganas de tirarse otro, por lo que volvió a apoyar el peso de su cuerpo sobre una pierna y lo dejó escapar. Comparado con el otro, este fue superior en decibeles y con una peste tan fuerte que le produjo arcadas. Desesperadamente, movió con frenesà el pañuelo para ventilar el comedor.
Con un oÃdo atento a la conversación telefónica, le vinieron ganas de tirarse uno más, y se lo tiró. La cosa se puso difÃcil y él ya empezaba a sudar. Por el aroma se le estaba haciendo difÃcil respirar. Siguió, desesperadamente y con los ojos vendados, moviendo el pañuelo una y otra vez para aventar aunque fuese levemente aquel espantoso olor.
En un momento, oyó que su esposa colgaba el teléfono, lo que indicaba el fin de su libertad. Colocó su pañuelo en el bolsillo del pantalón, cruzó sus piernas y sus brazos y esbozó una sonrisa de oreja a oreja, intentando aparentar la mejor imagen de la inocencia.
Disculpándose por haber estado tanto tiempo al teléfono, su esposa le pregunta si se habÃa movido el vendaje y habÃa visto algo. Él le aseguró que no habÃa visto nada y ella, entonces, le quitó la venda de sus ojos. Y allà estaba la sorpresa:
Doce invitados a cenar, sentados alrededor de la mesa dispuestos a comenzar su fiesta de cumpleaños sorpresa.



August 26th, 2008 at 6:36 pm
Jajajajajajaja muy bueno xD xD