Tratando de apaciguar a Bob
16 de June de 2006 por carlitos
Todo empezó hace dos años en Tailandia. HabÃa disparado una salva de liquimierda verde de chiles dentro de uno de esos agujeros que los asiáticos llaman “retretes”. Entonces noté una extraña sensación por dentro de mi esfÃnter que vino acompañada de una emisión de sangre de color rojo brillante.
Después de haber vivido en Asia durante seis meses, creà que habÃa experimentado prácticamente todas las dolencias de colon conocidas por la humanidad: gusanos, quemazones, y diarreas impresionantes. Pero esto era algo completamente diferente. Era una sensación única, que ahora sé que era el desgarramiento de mi ano.
Bob acababa de presentárseme.
Al principio Bob no era tan malo. Un picor y una incomodidad ocasional; nada que no pudiese soportar. Un supositorio con olor a menta de vez en cuando parecÃa acabar con el problema.
Pero hace algo asà como un año, mi cruel amo Bob empezó a exigir más y más de mÃ. Los picores de una intensidad que sólo se puede describir como “infernal” estaban a la orden del dÃa. TenÃa permanentemente una mancha marrón en mi dedo Ãndice de tanto intentar rascarme el interior del colon a través de mi dolorido ano.
HabÃa perdido completamente toda noción de decoro. A menudo andaba en público con una mano dentro de mis pantalones, con un dedo firmemente implantado, tratando de apaciguar a Bob el dios maligno. En mi tiempo libre soñaba con modificar algunas herramientas para acabar con la desquiciante picazón. Incluso llegué a comprar una lima.
Al final me fui a ver un médico. Rápidamente me diagnosticó hemorroides y me dejó marchar con una receta de Hemlubetm en dosis industriales. El doctor nunca llegó a ver a Bob, que se habÃa escondido dentro de su madriguera al ver acercarse a su único enemigo natural, el practicante de medicina.
Esta visita sólo consiguió enfadar a Bob, que decidió aterrorizarme. Empecé a estar condicionado en contra de la defecación, de forma que sólo me podÃa acercar a la taza con un rechinar de dientes. Cuando el tubo de chocolate descendÃa, notaba cómo mi recto se rasgaba igual que la cortina del Tabernáculo. Bob se reÃa. Bob se reÃa.
Después de muchos meses pude encontrar una doctora que me ayudase. Ella hizo su diagnóstico con una linterna sujeta entre sus dientes. La habÃa conocido en un bar y Bob fue atacado por sorpresa, no estaba esperando una inspección nocturna en mi comedor. “No es ningún problema,” me dijo.
Me pusieron en una lista de espera para exorcizar a Bob de mi parte más delicada. Mi cirujano me informó de que la forma más efectiva de tratar con Bob era un procedimiento llamado DILATACIÓN ANAL VIOLENTA. ¡No me lo estoy inventando! Nos anestesiarÃan a Bob y a mÃ, y después dilatarÃan mi culo hasta alcanzar un diámetro que jamás habÃa experimentado. El mayor de mis temores era medio despertarme durante la operación y ver por el rabillo del ojo a algún médico abrochándose la bragueta.
Bob pareció resignarse a su destino, y empezó a comportarse con más calma. Pasamos una buena cantidad de tiempo cantando juntos y recordando los dos años que habÃamos pasado acompañándonos. Hablamos de la vida que viene después de esta, y yo le apaciguaba con una dieta especial que contenÃa mucha avena.
Yo esperaba que Bob fuese valiente.
El hospital me mandó una medicina que tenÃa que tomarme la noche anterior a la operación. ConsistÃa en una sobredosis de algún laxativo y dos supositorios del tamaño de una lavadora.
Al llegar la noche me tomé las pÃldoras y me metà uno de los agitadores de chorizos de intensidad industrial. Alrededor de las 10:00 de la mañana empecé a notar la necesidad, y a las 10:15 ya estaba sentado en mi trono disfrutando de la mayor evacuación de mi vida. Todo (y quiero decir TODO) lo que no era equipo originalmente mÃo se puso a correr alocadamente hacia la salida.
¿Suena divertido? Bueno, al principio lo fue. Pero entonces las cosas empezaron a complicarse.
Me habÃa vaciado de pecho a espalda. “Ya está bien,” pensé. Las cosas se tranquilizaron, me di una ducha, y me fui a la cama.
Me desperté a las 4:00 y me metà el otro supositorio. Error. A las 5:00 estaba siendo vÃctima de unas horribles arcadas rectales. No me quedaba nada que cagar, pero mi colon estaba recibiendo una señal quÃmica que le ordenaba evacuar a toda costa. Lo que habÃa empezado como diversión estaba convirtiéndose rápidamente en una pesadilla.
Llegué al hospital a las 9:00, y me recibió una enfermera que parecÃa pertenecer a la Federación Mundial de Lucha Libre. Le entregué mis pantalones y fui obsequiado no con uno, sino con dos enemas. Me explicó que habÃan mezclado alguna sustancia quÃmica para “ayudarme a limpiarme.”
Una vez más empecé a intentar desesperadamente el deshacerme del contenido de mi aparato digestivo, que habÃa estado vacÃo desde la noche anterior. Estaba sentado en un retrete y mi esfÃnter se retorcÃa con fuerza para hacer pasar una mierda fantasma que tenÃa que estar allÃ. Empecé a tener unos dolorosos retortijones. Muy dolorosos. Durante la siguiente media hora pareció como si mi culo hubiese sido machacado cruelmente con un bate de béisbol.
Me llevaron a un quirófano donde conocà a uno de los pocos médicos del planeta que todavÃa no me habÃan metido su dedo en el culo. Me explicó que mi operación iba a ser retrasada una semana porque habÃan decidió hacer un análisis más.
Llegado este punto, creo que deberÃa aclarar que soy un norteamericano viviendo en Finlandia. SÃ, sé algo de finés, pero no estaba demasiado familiarizado con la jerga de los proctólogos finlandeses.
Si hubiese sabido qué es lo que iba a ocurrir, no me habrÃa tumbado jamás sobre esa mesa. ¡EL ENDOSCOPIO! ¡AY! ¡No dejéis nunca que os hagan esto! ¡No importa lo que os digan! Da igual lo que insistan y supliquen, creedme, la muerte es preferible.
Lo que ocurrió es que un doctor metió una manguera con 60 centÃmetros de fibra óptica dentro de mis posaderas. TenÃa un aparato para ver en un extremo, y un dispositivo para bombear aire dentro de mi colon en el otro extremo. Mientras manipulaba el tubo podÃa notar cómo el extremo interior se movÃa por todo mi colon. PodÃa imaginarme la luz brillante recorriendo el laberinto de esfÃnteres y válvulas. Me recordó una motocicleta de carreras con las luces encendidas atravesando el Túnel de Holanda.
El dolor cortante era intensÃsimo. En una ocasión sentà como si la cosa estuviese aplastando mis pulmones. Sin lugar a dudas noté que estaba intentando entrar a través de la puerta a mi estómago. Empecé a sudar copiosamente. El mundo empezó a girar. Tuve un par de arcadas, pero mi estómago no habÃa nada que vomitar.
Asà que allà estaba, tumbado en pelotas sobre una frÃa mesa de metal con un endoscopio metido en mi culo inflado con aire, cuando se me ocurrió un plan para vengarme. Apreté con todas mis fuerzas mi diafragma contra la cámara presurizada que era mi colon. Un tremendo pedo húmedo salió ruidosamente por alrededor de la manguera, acompañado del insoportable hedor a materia fecal. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. El doctor y la enfermera hicieron como si no hubiese ocurrido nada, pero unos segundos después sacaron el tubo de mi culo y la enfermera tuvo que limpiar mi culo manchado de liquimierda.
No hará falta decir que todos nos lo pasamos bien.
El dÃa de mi operación pospuesta llegué al hospital de buen humor. Me mostraron mi cama y me dieron la batita de paciente con un botón en la espalda. A pesar de que la operación ocurrirÃa a la una y media, me obligaron a cambiarme al principio de la mañana. Me imagino que es una indignidad obligatoria para humillar y degradar a los posibles camorristas.
Quizás se habÃa corrido la voz de que yo habÃa estado haciendo preguntas sobre la operación. ¿Qué clase de medicinas me iban a dar? ¿Mi doctor habÃa hecho esto antes? Parece que al personal médico de por aquà no le gusta ser investigado por extranjeros con desgarros anales.
Hizo falta un montón de explicaciones tan sólo para conseguir que me dieran un video de la operación. Tuve que convencer a mi médico de cabecera para que lo solicitara él. (Después me han explicado que la mayorÃa de las operaciones se graban, pero que no suelen darle las cintas al público.)
Estaba dormitando en la cama cuando noté un dolor agudo en mi culo. Giré la cabeza y vi a una enorme mujer con aspecto de haber tenido una docena de hijos, que estaba armada con una bolsa para dar enemas. Presumiblemente, la causa de mi malestar era ella y su embudo de juergas. TenÃa una técnica admirable: probablemente pensó que yo iba a estar dormido hiciese lo que hiciese, asà que podÃa ser tan delicada como un elefante en celo. Bob empezó a pedir socorro mandándome ondas de dolor, y yo respondà gritando. Ella sonrió y, mientras me llenaba el culo de agua, me acarició la cabeza como si yo fuese un perrito faldero.
Miré alrededor y me di cuenta de que no estábamos solos en la habitación. A menos de 3 metros de mà habÃa una mujer cubierta de varices con dos de sus hijas. Las tres estaban mirándome de reojo. Sonreà con la mejor mueca posible e intenté disfrutar la violación.
A la una apareció mi doctor para darme un poco de palique. Cuando extendió la mano para saludarme, lo primero que noté es que le temblaba la mano. Bueno, en realidad parecÃa más un tic. ¡De verdad!
“Hoooola”, dijo con una sonrisa pobremente finjida que descubrió sus grandes dientes amarillentos. “Heblo ingles macho malo”.
“Eh, hola”, tartamudeé. “Yo hablo un poco de finés; ¿por que no intentamos comunicarnos asÃ?”
“Vale.”
Hablamos de lo tÃpico, hasta que de repente dijo “te vamos a abrir un nuevo culo.” No, no me lo estoy inventando. Para entonces yo ya no estaba muy seguro de qué es lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, y estaba considerando seriamente la posibilidad de levantarme e irme. Yo ya conocÃa a Bob, y era algo que podÃa entender. Pero este cirujano era algo diferente. Un desconocido con licencia para dilatar.
Me dio dos pastillitas blancas para tragar. “Que te relajan para”, dijo. ¡Bien, este tipo habÃa empezado a hablar mi lenguaje! Quizás esto no fuese a ser tan malo después de todo. “Nos vimos en quilófano”, dijo, y se fue.
Empecé a sentirme un poco alegre, y entonces aparecieron dos asistentes. Cloqueaban por lo bajo en finés. Quien sabe de qué estarÃan hablando. Yo me limité a mover mi cabeza de un lado a otro estúpidamente. De todas formas no podrÃa haberles respondido porque mi lengua se habÃa quedado pegada a mi reseco paladar. Me metieron en una camilla y mientras me arrastraban iba contando el número de placas en el techo del pasillo.
Y por fin llegué a las dos grandes puertas del quirófano, donde me recibieron los otros, ya enfundados en sus batas verdes de operar. La escena parecÃa un intercambio de prisioneros en un puente durante la guerra frÃa. Los dos que me transportaron me desearon una feliz dilatación, le dieron mi fichero a los otros, y me dejaron solo con el equipo de expansionadores.
A todo esto, mientras entrábamos en la sala de operaciones, empecé a sentirme bastante inquieto. Mi lengua se habÃa convertido en un trapo viscoso dentro de mi boca. Me subieron a la mesa de operaciones. El anestesista apareció y, sin decirme ni hola, empezó a dar golpecitos en mi antebrazo para encontrar una vena adecuada. Intenté saludarle pero lo único que salió de mi boca fue un horrible quejido.
Fui despojado de mi escasa vestimenta y me dejaron allà tumbado, solo y desnudo. Miré hacia abajo y contemplé con horror que mi pene y testÃculos se habÃan encogido y retirado dentro de mi abdomen. Quizás ellos lo habÃan visto antes que yo y estaban intentando avisarme, porque detrás de ellos estaba, en una bandeja de acero, el objeto de mis temores entre otros ingenios de extraña apariencia.
Era una especie de ariete anal.
De acero inoxidable, unos 30 centÃmetros de longitud, y con dos asas atornilladas. ParecÃa un termo con dos asas.
Para entonces, el anestesista ya habÃa encontrado una vena. TodavÃa no habÃa dicho nada, pero yo pude decirle “¿Que tal un válium para ir empezando?”
Me sorprendió hablando un inglés perfecto. “AquÔ, dijo, “toma esto”. Inyectó algo en una vena de mi brazo que inmediatamente hizo que me sintiese seguro y como si estuviese en casa. ¡Se habÃan acabado los problemas! Volvà a mirar al invasor anal y me reà de él.
Mientras todo esto ocurrÃa, las enfermeras estaban bastante ocupadas fijando unas barras de acero a los lados de la mesa de operaciones. Encima de estas barras habÃan unos bloques de plástico cuya forma sugerÃa que estaban diseñados para albergar mis muslos: una variación más comprometedora de los apoyos que se usan para mirar a las mujeres. El video demostró que mi teorÃa era correcta. El anillo de mi culo serÃa pronto iluminado y expuesto, casi al nivel de los ojos de los portadores de la herramienta dilatadora.
El dilatador jefe apareció en el quirófano, haciéndole un gesto al anestesista. Éste inyectó en mi vena el contenido de una gran jeringuilla con algo dentro que parecÃa vaselina, y me dijo “nos vemos luego”. Intenté resistirme, tan sólo para ver si podÃa. Lo último que recuerdo es una irresistible cabezada.
Fue tan sólo después de la operación, al ver el video, cuando descubrà el horror que ocurrió a continuación.
Es extraño verte tirado sobre una frÃa mesa, con tu pene retraÃdo, y quedándote inconsciente. Inmediatamente después de quedarme dormido, una enfermera pone una máscara de goma en mi cara. Dos ayudantes elevan mis muslos para ponerlos en los apoyos y me empujan hacia abajo de forma que mis tobillos se quedan doblados hacia mi cabeza. Una enfermera coge lo que queda de mis genitales y lo quita de enmedio, mientras otra me pinta apresuradamente el culo con desinfectante rojo.
El doctor no pierde el tiempo, y antes de que preguntes “¿se ha quedado ya dormido?” ha metido dos dedos dentro de mi culo. Palpa alrededor y le pega un empujón a mi próstata. Juro que eyaculo una carga de fluido encima de mi barriga, donde se queda descansando durante el resto de la operación. El doctor emite un gruñido de satisfacción y agarra el dilatador.
Las enfermeras usan una jeringuilla grande para chorrear algún lubricante sobre y alrededor de mi culo. Entonces el cirujano inserta la punta de la unidad dilatadora y empieza a girarla a un lado y a otro. Pronto consigue tener mi sufrido ano completamente dilatado. Y quiero decir dilatado. Ahà estoy, fuera de combate, con un termo de acero dentro de mi culo. Cada medio minuto el doctor le da una vuelta entera al monstruo.
Todo el mundo parece bastante aburrido, especialmente yo.
Después de una media hora de este procedimiento, el doctor saca el dilatador y METE SU MANO ENTERA DENTRO DE MI CULO. Esta es la mejor parte del video. Si te has tomado unas cuantas copas y lo miras de reojo, parece una pelÃcula pornográfica realmente pervertida.
El doctor menea su cabeza con un gesto de satisfacción y las enfermeras se preparan a limpiar. Alguien tiene el detalle de limpiar mi lefotada de mi barriga. Otra persona recoge la sangre de mi culo.
Entonces me inyectan alguna otra cosa en el brazo y retiran la máscara de mi cara. Un enfermera me agita vigorosamente y mis ojos se abren vacilantemente. “¿Hemos acabado?”, pregunto con unos ojos increÃblemente brillantes. Todo el mundo en el quirófano asiente. “¡He soñado!”, digo. “¡Jo, me siento estupendo!”
Se acaba el video.
Después de la operación, Bob ha seguido con su carácter habitual. De hecho, ha sido incluso peor de lo normal. HabÃa estado esperando una muerte súbita, y cuando se despertó, creyendo que habÃa sobrevivido a un intento de asesinato, estaba más cabreado y motivado que antes. Se sentÃa traicionado.
Pero ahora está por fin empezando a calmarse. La parte más dura de esta lenta estrangulación es que puedo sentir cómo muere. Gruñe y se queja como cualquier paciente terminal. Debo llevarle conmigo a todas partes. Somos como dos hermanos siameses. ¿Podré sobrevivir sin mi simbionte?
También hay noticias buenas, mi culo consiguió volver a tener unas dimensiones aceptables. De verdad que un culo es una máquina increÃble.
Lo celebré todo con una pequeña fiesta el dÃa de Navidad. Después de la cena pusimos el video. Pasaron veinte minutos antes de que alguno de los asistentes se diese cuenta de que la vÃctima era yo. Se debieron creer que era un documental sobre alguna tecnologÃa moderna o algo asÃ.




¡CLIC EN LAS ESTRELLAS PARA VOTAR! (3 votos, 4.67 sobre 5)
June 17th, 2006 at 9:22 pm
a saber lo q habrá hecho este tio para tener a bob en su culo
May 16th, 2008 at 10:06 am
Una historia larga pero apasionante, digna de un guion de pelicula con todos los ingrediente!